¿Poema? – I

 

Con tiempo aburrimiento movimiento

Después de varios escarmientos

No me arrepiento

Y pienso

Qué busco

A qué tiento

Qué muro golpearé

Del modo más violento

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La Cartuja de Parma – XXXI

   —¡En fin! —dijo la marquesa—. ¿A qué viene todo ese discurso que tanto me asusta?

—A recuperar a mi hijo; quiero que viva conmigo; quiero verle todos los días; quiero que se acostumbre a quererme; quiero quererle yo a mis anchas. Puesto que una fatalidad única en el mundo dispone que yo me vea privado de la dicha de que gozan tantas almas enamoradas y que pase mi vida lejos de lo que adoro, quiero al menos tener cerca de mí un ser que te acerque a mi corazón, que te sustituya en cierto modo. Los asuntos y los hombres son una carga para mí en mi soledad forzada; ya sabes que la ambición ha sido para mí una palabra vacía desde el momento en que tuve la fortuna de que Barbone levantara testimonio de mi encarcelamiento, y todo lo que no es sensación del alma me parece ridículo en la melancolía que me abruma lejos de ti.

La Cartuja de Parma – XXX

En cuanto a Clelia, apenas oyó las diez primeras líneas de la oración leída por Fabricio, consideró un crimen atroz haber podido pasar catorce meses sin verle. Al volver a su casa, fuese a la cama para poder pensar en Fabricio con total libertad. Al día siguiente, bastante temprano, Fabricio recibió un billetito concebido en estos términos:

   «Contamos con vuestro honor; buscad cuatro “bravos” de cuya discreción estéis seguro , y mañana, al dar las doce de la noche en la Steccata, estad junto a la puertecita que lleva el número 19 en la calle de San Pablo. Pensad que podéis ser atacado: no vayáis solo.»

Al reconocer aquellos divinos caracteres, Fabricio cayó de rodillas y bañado en lágrimas.«¡Por fin —exclamó—, al cabo de catorce meses y ocho días! Adiós, sermones.»