1984 – III

Sin embargo, estaba seguro de que su madre poseía una especie de nobleza, de pureza, sólo por el hecho de regirse por normas privadas. Los sentimientos de ella eran realmente suyos y no los que el Estado les mandaba tener. No se le habría ocurrido pensar que una acción ineficaz, sin consecuencias prácticas, careciera por ello de sentido. Cuando se amaba a alguien, se le amaba por él mismo, y si no había nada más que darle, siempre se le podía dar amor. Cuando él se había apoderado de todo el chocolate, su madre abrazó a la niña con inmensa ternura. Aquel acto no cambiaba nada, no servía para producir más chocolate, no podía evitar la muerte de la niña ni la de ella, pero a la madre le parecía natural realizarlo.

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1984 – II

Dejar pasar los días y las semanas, devanando un presente sin futuro, era lo instintivo, lo mismo que nuestros pulmones ejecutan el movimiento respiratorio siguiente mientras tienen aire disponible.

1984 – I

Quizás un loco era sólo una «minoría de uno». Hubo una época en que fue señal de locura creer que la tierra giraba en torno al sol: ahora, era locura creer que el pasado es inalterable. Quizá fuera él el único que sostenía esa creencia y, siendo el único, estaba loco. Pero la idea de ser un loco no le afectaba mucho. Lo que le horrorizaba era la posibilidad de estar equivocado.

La Cartuja de Parma – XXXI

   —¡En fin! —dijo la marquesa—. ¿A qué viene todo ese discurso que tanto me asusta?

—A recuperar a mi hijo; quiero que viva conmigo; quiero verle todos los días; quiero que se acostumbre a quererme; quiero quererle yo a mis anchas. Puesto que una fatalidad única en el mundo dispone que yo me vea privado de la dicha de que gozan tantas almas enamoradas y que pase mi vida lejos de lo que adoro, quiero al menos tener cerca de mí un ser que te acerque a mi corazón, que te sustituya en cierto modo. Los asuntos y los hombres son una carga para mí en mi soledad forzada; ya sabes que la ambición ha sido para mí una palabra vacía desde el momento en que tuve la fortuna de que Barbone levantara testimonio de mi encarcelamiento, y todo lo que no es sensación del alma me parece ridículo en la melancolía que me abruma lejos de ti.

La Cartuja de Parma – XXX

En cuanto a Clelia, apenas oyó las diez primeras líneas de la oración leída por Fabricio, consideró un crimen atroz haber podido pasar catorce meses sin verle. Al volver a su casa, fuese a la cama para poder pensar en Fabricio con total libertad. Al día siguiente, bastante temprano, Fabricio recibió un billetito concebido en estos términos:

   «Contamos con vuestro honor; buscad cuatro “bravos” de cuya discreción estéis seguro , y mañana, al dar las doce de la noche en la Steccata, estad junto a la puertecita que lleva el número 19 en la calle de San Pablo. Pensad que podéis ser atacado: no vayáis solo.»

Al reconocer aquellos divinos caracteres, Fabricio cayó de rodillas y bañado en lágrimas.«¡Por fin —exclamó—, al cabo de catorce meses y ocho días! Adiós, sermones.»