El retorno de los chamanes – I

Ahora bien, en el sur de Europa hay también una fracción importante de ciudadanos que vive mejor que sus correligionarios europeos y para los cuales el spaghetti welfare es bueno. Imaginemos a las personas en los percentiles de renta 75, 80 0 90 -es decir, el 10, 20 o 25% más rico-. O sea, no unos pocos, no el famoso 1%, sino millones de ciudadanos. Muchos son profesionales liberales, otros funcionarios bien remunerados, otros ocupan puestos medio-altos en empresas privadas. En un welfare state nórdico, el Estado sacrificaría una parte sustancial del bienestar de estas clases privilegiadas, no tanto con impuestos directos más elevados, sino, sobre todo, con fuertes gravámenes al consumo.

Por el contrario, el spaghetti welfare consolida el bienestar de los más afortunados. A pesar de la gran retórica y de unos tipos marginales en teoría muy elevados, contempla todo tipo de exenciones fiscales para los privilegiados. Por ejemplo, son frecuentes las desgravaciones fiscales por compra de vivienda o para pagar seguros médicos y colegios privados; es decir, medidas con las que la clase media-alta puede alejarse todavía más del resto de la sociedad. El Estado renuncia a ingresar para aumentar aún más la brecha social. A eso se le llama apagar el fuego con gasolina. Y tan importante es lo que hace el spaghetti welfare como lo que omite: no promueve políticas para aliviar los problemas de los, cada vez más numerosos, trabajadores pobres (working poor).

En algunos sentidos, este amplio grupo de capas medias-altas que viven en el spaghetti welfare disfruta de lo mejor de dos mundos. Tienen ingresos disponibles (en euros) de la Europa más avanzada y prebendas clásicas de la más tradicional que parecen haber sobrevivido a orillas del Mediterráneo: puestos de trabajo fijos en el sector privado o «en propiedad» en el público; dos, tres o incluso más viviendas; asistenta doméstica; posibilidad de desayunar, comer o cenar en restaurantes a diario; médico privado con trato personalizado; colegio privado, y un largo etcétera. Además, a diferencia de crisis pasadas donde las fortunas empequeñecían con la devaluación de la moneda nacional de turno, en los tiempos del euro sus ahorros se han erosionado poco. Pero todas estas ventajas son a corto plazo. A medio y largo, si no cambia el funcionamiento del spaghetti welfare, se pueden evaporar.

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