El paseo – I

Como sabía muy bien, el contenido de la carta era el siguiente:

Muy señor mío:

Este peculiar tratamiento podrá darle la certeza de que el remitente le muestra absoluta frialdad. Sé que no es de esperar respeto por mí de usted y de los que son como usted; porque usted, y los que son como usted, tienen una desmedida opinión de sí mismos, que les impide comportarse con inteligencia y consideración. Sé con certeza que usted forma parte de esas gentes que se creen grandes por ser irrespetuosas y descorteses, que se creen poderosas porque disfrutan de protección, y que se creen sabias porque se les ocurre la palabrita «sabio». La gente como usted se atreve a ser dura, descarada, grosera y violenta frente a la pobreza y frente a la desprotección. La gente como usted posee la extraordinaria sabiduría de creer que es necesario estar en lo más alto en todo, poseer un gran peso en todas partes y triunfar a todas las horas del día. La gente como usted no se da cuenta de que eso es necio, de que ni entra dentro de lo posible ni puede ser deseable. La gente como usted es jactanciosa y está dispuesta en todo momento a servir celosamente a la brutalidad. La gente como usted es muy valiente para evitar con cuidado todo verdadero valor, porque sabe que todo verdadero valor promete perjuicios, y es muy valiente para presentarse siempre como buena y hermosa, testimoniando enorme placer y enorme celo. La gente como usted no respeta ni la edad ni el mérito, ni sin duda el trabajo. La gente como usted respeta el dinero, y el respeto al dinero le impide respetar cualquier otra cosa. Quien trabaja honradamente y se esfuerza afanoso es, a los ojos de gente como usted, un completo asno. No me equivoco; porque mi dedo meñique me dice que tengo razón…

 

 

El retorno de los chamanes – III

Cuanto más abstracta es la discusión política, más inabarcable la distancia entre las posiciones de los oponentes y más personalista es la política que acaba implementándose; lo que acaba importando es quién propone la política y quién la ejecuta, no qué efectos tiene. La abstracción más elevada lleva, irónicamente, al personalismo más mundanal.

El retorno de los chamanes – II

Irónicamente, mientras la China actual gana la hegemonía económica mundial siguiendo la dinámica de competición de políticas públicas que hizo grande al Viejo Continente en su momento, la Europa actual la pierde siguiendo la senda de la China clásica: centralizando las políticas públicas en una Ciudad Prohibida de palacios majestuosos, llenos de mandarines bien formados y mejor pagados.

El retorno de los chamanes – I

Ahora bien, en el sur de Europa hay también una fracción importante de ciudadanos que vive mejor que sus correligionarios europeos y para los cuales el spaghetti welfare es bueno. Imaginemos a las personas en los percentiles de renta 75, 80 0 90 -es decir, el 10, 20 o 25% más rico-. O sea, no unos pocos, no el famoso 1%, sino millones de ciudadanos. Muchos son profesionales liberales, otros funcionarios bien remunerados, otros ocupan puestos medio-altos en empresas privadas. En un welfare state nórdico, el Estado sacrificaría una parte sustancial del bienestar de estas clases privilegiadas, no tanto con impuestos directos más elevados, sino, sobre todo, con fuertes gravámenes al consumo.

Por el contrario, el spaghetti welfare consolida el bienestar de los más afortunados. A pesar de la gran retórica y de unos tipos marginales en teoría muy elevados, contempla todo tipo de exenciones fiscales para los privilegiados. Por ejemplo, son frecuentes las desgravaciones fiscales por compra de vivienda o para pagar seguros médicos y colegios privados; es decir, medidas con las que la clase media-alta puede alejarse todavía más del resto de la sociedad. El Estado renuncia a ingresar para aumentar aún más la brecha social. A eso se le llama apagar el fuego con gasolina. Y tan importante es lo que hace el spaghetti welfare como lo que omite: no promueve políticas para aliviar los problemas de los, cada vez más numerosos, trabajadores pobres (working poor).

En algunos sentidos, este amplio grupo de capas medias-altas que viven en el spaghetti welfare disfruta de lo mejor de dos mundos. Tienen ingresos disponibles (en euros) de la Europa más avanzada y prebendas clásicas de la más tradicional que parecen haber sobrevivido a orillas del Mediterráneo: puestos de trabajo fijos en el sector privado o «en propiedad» en el público; dos, tres o incluso más viviendas; asistenta doméstica; posibilidad de desayunar, comer o cenar en restaurantes a diario; médico privado con trato personalizado; colegio privado, y un largo etcétera. Además, a diferencia de crisis pasadas donde las fortunas empequeñecían con la devaluación de la moneda nacional de turno, en los tiempos del euro sus ahorros se han erosionado poco. Pero todas estas ventajas son a corto plazo. A medio y largo, si no cambia el funcionamiento del spaghetti welfare, se pueden evaporar.