Lolita – III

Era a todas luces una de esas mujeres cuyas pulidas palabras pueden reflejar un club del libro, o un club de bridge, o cualquier otro aburrido convencionalismo, pero nunca su alma; mujeres absolutamente indiferentes, en el fondo, a cualquiera de la docena de temas posibles de conversación en una sala de estar, pero muy exigente acerca de las normas de tal conversación, unas normas que, como si estuvieran envueltas en transparente celofán, dejan percibir claramente nada agradables frustraciones.

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