Lolita – III

Era a todas luces una de esas mujeres cuyas pulidas palabras pueden reflejar un club del libro, o un club de bridge, o cualquier otro aburrido convencionalismo, pero nunca su alma; mujeres absolutamente indiferentes, en el fondo, a cualquiera de la docena de temas posibles de conversación en una sala de estar, pero muy exigente acerca de las normas de tal conversación, unas normas que, como si estuvieran envueltas en transparente celofán, dejan percibir claramente nada agradables frustraciones.

Lolita – I

O una colina lejana que se alzaba altiva -llena de cicatrices, pero todavía indómita- por encima de la marea de cultivos que trataba de conquistarla.
Por la noche, altos camiones con luces de colores, que recordaban temibles y gigantescos árboles de Navidad, surgían de la negrura y pasaban como un trueno junto al pequeño y anticuado sedán. Y, al día siguiente, de nuevo un cielo apenas poblado, que cedía su azul al calor, de diluía sobre nuestras cabezas…