Un sombrero cargado de nieve – III

Fui a la universidad a poner un anuncio, y me encontré con un reparto de panfletos relacionado con una venta de café de Nicaragua.

Los promotores de la venta no hablaban una palabra de español y el café era mucho más caro que el normal. «Es el precio de la solidaridad», me dijo un tipo barbudo que fumaba en pipa. Le respondí secamente. Quizá unos años antes yo hubiera sido como él, aunque sin barba y sin pipa. Pero después de patear algunos países pobres le había cogido manía al europeo “solidario” que no sabía nada de cómo vivían y qué querían aquellos a los que decía ayudar. Era como el turista que iba a los sitios para poder decir que había estado allí. Uno extraía de ellos un capital político y el otro, un pretexto para pavonearse.

 

 

 

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