Un sombrero cargado de nieve – I

Pensándolo mejor, la vida realmente envidiable era ir en un tren que estuviera siempre en movimiento. Si uno quería dedicarse a la pura contemplación, podía hacerlo. Si uno prefería conversar, sólo tenía que salir al pasillo. Pero la belleza del tren era que le permitía a uno suspender la complicada y fatigosa vida cotidiana sin que le agobiara la sensación de que no iba a ninguna parte. En un tren como aquel hasta yo me podía acoger a la ilusión de que sabía adónde me dirigía.

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