Un sombrero cargado de nieve – IV

La emoción de lo desconocido, de aventurarse en lo desconocido, de escuchar las historias de esa aventura, que es la aventura de enfrentarse a algo más grande que uno, a algo imposible de conocer del todo, no tenían cabida en nuestro mundo. El mundo era, para empezar, un lugar perfectamente conocido. Sin lo ignoto, ¿qué aventura podía haber? Las aventuras eran empresas comerciales o, si no, meras anécdotas de un viaje a algún sitio todavía poco concurrido que se contaban a unos amigos que fingían asombro e interés.

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Un sombrero cargado de nieve – III

Fui a la universidad a poner un anuncio, y me encontré con un reparto de panfletos relacionado con una venta de café de Nicaragua.

Los promotores de la venta no hablaban una palabra de español y el café era mucho más caro que el normal. «Es el precio de la solidaridad», me dijo un tipo barbudo que fumaba en pipa. Le respondí secamente. Quizá unos años antes yo hubiera sido como él, aunque sin barba y sin pipa. Pero después de patear algunos países pobres le había cogido manía al europeo “solidario” que no sabía nada de cómo vivían y qué querían aquellos a los que decía ayudar. Era como el turista que iba a los sitios para poder decir que había estado allí. Uno extraía de ellos un capital político y el otro, un pretexto para pavonearse.

 

 

 

Un sombrero cargado de nieve – II

Durante el viaje había descubierto que existían dos tipos diferentes y antagónicos que andaban por el mundo: los turistas, que iban con el tiempo contado a lugares conocidos, cómodos y atestados de forasteros como ellos; y los viajeros, que deambulaban pausadamente y preferían los sitios no hollados por sus adversarios, es decir, por los turistas. Pero los viajeros, en su búsqueda de lugares ignotos para el gran público, abrían el camino por el que después llegaban los turistas a los que despreciaban. El sino de los paraísos era ser paraísos perdidos.

Un sombrero cargado de nieve – I

Pensándolo mejor, la vida realmente envidiable era ir en un tren que estuviera siempre en movimiento. Si uno quería dedicarse a la pura contemplación, podía hacerlo. Si uno prefería conversar, sólo tenía que salir al pasillo. Pero la belleza del tren era que le permitía a uno suspender la complicada y fatigosa vida cotidiana sin que le agobiara la sensación de que no iba a ninguna parte. En un tren como aquel hasta yo me podía acoger a la ilusión de que sabía adónde me dirigía.

Paseos nocturnos – Los despachos de apuestas

En segundo lugar, porque aunque resulte edificante en alto grado el que los ilustres diputados, los muy ilustres diputados, los ilustres y doctos diputados y todo lo que ustedes quieran, peroren desde sus escaños sobre lo justo, lo injusto, lo verdadero y lo falso (siempre entre las gentes del pueblo), nosotros tenemos la audacia de no admirar lo que en el actual Parlamento es costumbre decir y hacer sobre tales cuestiones; porque creemos que si lo que se dice y hace no es equitativo hasta la escrupulosidad, el Parlamento no puede investirse a sí mismo de gran autoridad moral.

Paseos nocturnos – En una ronda de aficionados

Después de eso, cuando llegué al Old Bailey y alcé la vista en dirección a Newgate, me pareció que la cárcel era una cosa sin lógica. Aquel día me pareció descubrir en la atmósfera una desdichada falta de lógica; a pesar de que las proporciones de la catedral de Saint Paul son muy hermosas, mis ojos las veían como algo fuera de proporción: aquella cruz se me antojó demasiado alta, y pensé que, enhiesta sobre la bola de oro que tenía debajo, resultaba demasiado lejana.