El bar de las grandes esperanzas – VII

Le hablé de Sidney, y descubrí con horror que él tenía a su propia Sidney, una mujer que, en su pasado, le había roto el corazón y que ahora era la vara de medir con la que juzgaba a todas las que venían detrás. Todo hombre, me aseguró Dalton, tiene una Sidney. Aquélla fue la única vez en que lo oí triste.

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