El bar de las grandes esperanzas – VII

Le hablé de Sidney, y descubrí con horror que él tenía a su propia Sidney, una mujer que, en su pasado, le había roto el corazón y que ahora era la vara de medir con la que juzgaba a todas las que venían detrás. Todo hombre, me aseguró Dalton, tiene una Sidney. Aquélla fue la única vez en que lo oí triste.

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El bar de las grandes esperanzas – VI

Yo me fijé en el bar. Otro no habría visto más que a un grupo aleatorio de bebedores, pero yo veía a mi gente. A mi familia y amigos. A mis compañeros de viaje. Allí había todo tipo de personas -agentes de Bolsa y ladrones de bancos, atletas e inválidos, madres y supermodelos-, pero todos éramos uno. A cada uno le había herido algo, o alguien, y todos acudíamos al Publicans porque a la tristeza le gusta la compañía, pero lo que busca, realmente, es el gentío.

El bar de las grandes esperanzas – III

Paseándome a mi antojo entre aquella fraternidad insólita de machos alfa, prestando atención a las historias de soldados y beisbolistas, poetas y policías, millonarios y corredores de apuestas, actores y estafadores que cada noche se acodaban en la barra del bar de Steve, les oía decir una y otra vez que la diferencia entre ellos era enorme, pero las razones por las que habían llegado a ser tan distintos resultaban mínimas.

El bar de las grandes esperanzas – II

Además de proporcionar un refugio, Steve impartía, todas las noches, lecciones sobre democracia, o sobre esa pluralidad especial que propicia el alcohol. De pie, desde el centro del local, veías a hombres y mujeres de todos los estratos de la sociedad educándose unos a otros, maltratándose. Oías al hombre más pobre del pueblo conversar sobre la «volatilidad de los mercados» con el presidente de la Bolsa de Nueva York, o al bibliotecario local darle una charla a uno de los mejores beisbolistas de los New York Yankees sobre la conveniencia de agarrar el bate desde más arriba. Oías a un porteador de escasas luces decir algo tan descabellado y a la vez tan sensato que el profesor universitario de filosofía se lo apuntaba en una servilleta y se metía esta en el bolsillo. Oías a camareros que, mientras cerraban apuestas y preparaban cócteles, hablaban como reyes filósofos.