Las ilusiones perdidas – XXXVIII

El primer pensamiento de todo hombre, ya sea un leproso o un forzado, un infame o un enfermo, es tener un cómplice en su destino. Y para hacer realidad este deseo, que es la vida misma, hace uso de todas sus fuerzas, de todo su poder, de todas su inspiración. Sin este deseo soberano, ¿habría podido encontrar Satanás compañeros?… Hay en esto un tema para un poema que está por hacer, y que podría servir de prólogo al «Paraíso perdido», que no es sino una apología de la rebelión.

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Las ilusiones perdidas – XXXVII

   Teniendo en cuenta lo serio del asunto, existen muy pocas obras sobre el suicidio, que ha sido escasamente estudiado. Tal vez esta enfermedad sea imposible de observar. El suicidio es el efecto de un sentimiento al que llamaremos, si os parece, la «estima de sí», para no confundirlo con la palabra honor. El día que el hombre se desprecia, o se ve despreciado, cuando la realidad de la vida está en desacuerdo con sus esperanzas, se da muerte y rinde homenaje así a la sociedad ante la cual no quiere aparecer desprovisto de sus virtudes o de su esplendor. Se diga lo que se diga, entre los ateos (hay que exceptuar al cristiano del suicidio) sólo los cobardes aceptan una vida deshonrosa. Hay tres tipos de suicidio: en primer lugar está el suicidio que no es más que el último ataque de una larga enfermedad y que, sin duda, entra dentro de la patología; luego está el suicidio por desesperación y, finalmente, el suicidio por razonamiento. Lucien quería quitarse la vida por desesperación y por razonamiento, los dos suicidios sobre los cuales se puede cambiar de idea, porque el patológico es el único irrevocable, aunque a menudo se unan las tres causas, como en el caso de Jean-Jacques Rousseau. Una vez tomada su decisión, Lucien examinó los medios para ponerla en práctica, y el poeta quiso tener un final digno de un poeta. Primero había pensado simplemente en ir a arrojarse al Charente; pero, al bajar las cuestas de Beaulieu por última vez, le parecía oír ya el ruido que armaría su suicidio, veía el terrible espectáculo de su cuerpo flotando sobre las aguas, deformado, siendo objeto de una investigación judicial, y como algunos suicidas tuvo un ataque de amor propio póstumo.

Las ilusiones perdidas – XXXIV

   —Considero el arrepentimiento periódico una gran hipocresía —dijo D’Arthez solemnemente—; el arrepentimiento en tales casos no es sino un premio concedido a las malas acciones. El arrepentimiento es una virginidad que nuestra alma debe ofrecer a Dios: un hombre que se arrepiente dos veces es, pues, un despreciable sicofante. Mucho me temo que sea solamente una forma de descargo de conciencia.

Las ilusiones perdidas – XXXIII

Una vez admitido en el mundo del periodismo y de la literatura en pie de igualdad, Lucien se dio cuenta de las enormes dificultades que tendría que vencer para poder ascender: si bien todos consentían en ser sus iguales, nadie le quería por encima de él. Así, poco a poco, terminó por renunciar a la gloria literaria, creyendo más fácil conseguir el éxito político.